El espacio afecta tu mente. ¿Sabes lo que es la neuroarquitectura?

 

La arquitectura es un espacio que apela a nuestros sentidos, conoce qué dice sobre ello la neuroarquitectura.

Por Uribe Schwarzkopf el 9/2/22 11:42 AM

Durante mucho tiempo se intuyó el efecto que pueden tener los espacios sobre nuestros estados de ánimo y procesos cognitivos. Sin embargo, desde mediados del siglo pasado, el estudio riguroso de este fenómeno se convirtió en lo que ahora llamamos neuroarquitectura. 

La arquitectura de un espacio apela a todos los sentidos. Pensemos, por ejemplo, en la Iglesia de la Compañía de Quito. Entrar en el imponente templo es como hacer un súbito viaje en el tiempo. Los incontables detalles barrocos, el brillo del sol que destella en el oro y el púlpito tallado son el resultado de 160 años de trabajo.

El tratamiento acústico protege del ruido, el olfato se llena de sahumerio y todo el cuerpo siente el crujir de la madera al caminar. Para quienes entramos, es común descubrir que nuestros sentimientos y pensamientos cambian en la puerta. 

Esos efectos son los que estudia la neuroarquitectura. Según la arquitecta Marília Matoso, es diseñar entornos basados ​​no solo en parámetros técnicos, sino también en cuestiones subjetivas como “la emoción, la felicidad y el bienestar”.

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Uno de los primeros investigadores que estudiaron la relación entre los espacios y la mente fue uno de los grandes héroes del siglo XX, Jonas Salk. En 1950, el científico estaba desarrollando la revolucionaria vacuna para la poliomielitis en un sótano con poca luz de la Universidad de Pittsburgh, Pensilvania.

Debido a que se sentía bloqueado, se fue de vacaciones a Italia. Allí se alojó en un monasterio del siglo XIII, que inmediatamente lo conmovió y le sirvió para avanzar con su labor. Cuando regresó a Estados Unidos, Salk tenía claro cómo prevenir la terrible poliomielitis a través de una vacuna efectiva. 

Tiempo después realizó otra de sus visiones más importantes: construir un nuevo instituto para la investigación de biología molecular, genética, neurociencia y biología vegetal. Para hacerlo, trabajó junto a Louis Kahn, uno de los arquitectos más reconocidos del siglo XX

En 1960 se contruyó el Instituto Salk en La Jolla, California. Sus amplios laboratorios adaptables, sus vistas al océano, espacios para el encuentro y sus materiales simples y duraderos, fueron algunas de las características de este edificio, referente de la neuroarquitectura. 

A partir de entonces, los estudios sobre neuroarquitectura se extendieron y realizaron descubrimientos que, en algunos casos, se han vuelto el estándar de la construcción contemporánea. En 1980, por ejemplo, el arquitecto sueco Roger Ulrich demostró que una, si tenían una hermosa vista, los pacientes de cirugía podían acelerar su recuperación.

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Hoy en día, gracias a la realidad virtual, las máquinas de resonancia, los medidores de sudoración y actividad cardíaca, y otras tecnologías de retroalimentación fisiológica, la neuroarquitectura puede tener respuestas mucho más precisas. 

Por ejemplo, como indica la doctora en arquitectura Susana Iñarra, para estudiar el efecto que tiene el color en una persona habría que pintar la misma habitación una y otra vez. La realidad virtual permite que este proceso, que tomaría mucho tiempo y recursos, se solucione fácilmente. 

Algunos estudios se han enfocado en el área de neuroarquitectura, como NacLab en Seattle, NBBJ y la oficina de Perkins&Will. También hay profesionales que se especializan en el área para consultar proyectos de otros arquitectos.

Conforme se realizan más investigaciones de neuroarquitectura se descubren algunos puntos en común, como la importancia de la luz natural, del control acústico y de la vegetación. Sin embargo, también se desmienten ciertas creencias como las del efecto directo de algunos colores sobre las emociones. 

 

Como señala Marília Matoso, cada cliente es único y sus necesidades varían. No hay una receta mágica para lograr que los espacios transmitan tranquilidad, permitan la concentración y estimulen las emociones positivas. Color, luz natural y artificial, paisajismo, escala y materiales son algunos de los ingredientes para construir pensando en el ser humano.  

 

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